Montreal amaneció para escribir una página de oro en la historia del ciclismo. Cuando el pelotón cruzó por última vez las calles de la ciudad canadiense, entre el cansancio, la tensión y el rugido de la multitud, un hombre apareció solo en el horizonte. Brandon McNulty.
El estadounidense de 28 años pedaleaba hacia la gloria mientras detrás de él se desataba una batalla feroz. Ya no había espacio para especular.
Ya no había margen para esconderse. El Campeonato Mundial de Montreal se había convertido en una guerra sobre ruedas y McNulty había decidido jugarse todo.
Faltaban poco más de 30 kilómetros cuando lanzó el ataque que cambió para siempre la carrera.
No fue un ataque para probar. Fue un ataque para ganar.
McNulty abrió un hueco sobre sus rivales y comenzó a construir una ventaja que llegó a superar el minuto. Por detrás, los grandes nombres del ciclismo mundial se miraban, atacaban, respondían y volvían a intentarlo. Mathieu van der Poel, Tom Pidcock, Giulio Ciccone, Michael Matthews, Isaac del Toro y el resto de los sobrevivientes buscaban la manera de derribar al estadounidense.
Pero adelante había un hombre dispuesto a sufrir.
Cada pedalada de McNulty parecía más pesada que la anterior. La carretera de Montreal ya no era solamente un escenario: era un juez implacable que castigaba cada error, cada duda y cada gramo de energía gastada.
La ventaja comenzó a caer. Treinta segundos. Veinte. Catorce.
A nueve kilómetros de la meta, el campeón estadounidense parecía estar contra las cuerdas. Los perseguidores podían verlo. La diferencia se reducía peligrosamente y el arcoíris parecía alejarse.
Pero McNulty no cedió.
Superó la última ascensión y, cuando muchos pensaban que finalmente sería alcanzado, volvió a encontrar fuerzas. A siete kilómetros de la meta había recuperado terreno y su ventaja volvía a crecer.
Era el último milagro que necesitaba.
Detrás se desató una verdadera carnicería.
Ya no se peleaba por alcanzar a McNulty. Se peleaba por las medallas.
Los ataques se sucedían uno tras otro. Tom Pidcock aceleraba. Giulio Ciccone lo intentaba. Mathieu van der Poel volvía a lanzar sus estocadas. Isaac del Toro seguía ahí, resistiendo entre las grandes figuras del ciclismo mundial. Michael Matthews esperaba su momento.
Cada pedalada podía significar una medalla. Cada movimiento podía costar el podio.
Cuando las piernas ya no tenían prácticamente nada que ofrecer, los sobrevivientes llegaron juntos al último tramo. Entonces apareció el sprint.
Un sprint de hombres exhaustos, después de 273 kilómetros de auténtica batalla.
Michael Matthews lanzó su bicicleta hacia la línea y consiguió la plata.
A su rueda apareció Mathieu van der Poel, quien después de pasar buena parte de la carrera atacando y rompiendo el grupo tuvo que conformarse con el bronce.
Quinn Simmons cruzó cuarto.
Y apenas un segundo después, Isaac del Toro apareció quinto, metido de lleno en la pelea con algunos de los nombres más poderosos del ciclismo mundial.
Plata para Australia.
Bronce para Países Bajos.
Cuarto para Estados Unidos.
Quinto para México.
Una llegada brutal, cerrada, propia de un campeonato mundial que durante horas se negó a tener un dueño.
El dueño del arcoíris ya estaba adelante. Brandon McNulty.
El estadounidense detuvo el reloj en 6 horas, 17 minutos y 4 segundos y terminó con 13 segundos de ventaja sobre Matthews, Van der Poel y Simmons. Del Toro llegó a 14 segundos.
McNulty había sobrevivido a todo.
A los ataques.
A la montaña.
A la persecución.
Al cansancio.
Al miedo de ser alcanzado.
Y a la última embestida de un grupo que parecía tenerlo contra las cuerdas.
Treinta y tres años había esperado Estados Unidos para volver a tener un campeón mundial masculino de ruta. El último había sido Lance Armstrong, en 1993. Antes, Greg LeMond había conquistado el arcoíris en 1983 y 1989.
Ahora, el nombre de Brandon McNulty entra en esa misma historia.
Pero lo hizo de una manera distinta. No esperó el sprint. No buscó esconderse. No aguardó el último kilómetro. Se marchó solo cuando todavía faltaba una eternidad. Y después tuvo que resistir el infierno.
Cuando finalmente apareció la meta, McNulty levantó los brazos. Detrás de él, cuatro hombres se lanzaban a una batalla desesperada por las medallas.
Adelante, un estadounidense escribía su nombre en la historia. El arcoíris tiene nuevo dueño. Se llama Brandon McNulty.








