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miércoles 19 agosto 2026

MACHISMO PEDALEA FUERTE EN CICLISMO MEXICANO

julio 20, 2026

Editorial/Don Grupeto

Hay silencios que terminan convirtiéndose en complicidad. En el ciclismo mexicano hemos guardado demasiados. Uno de ellos es la enorme disparidad que existe entre hombres y mujeres en las competencias nacionales. La vemos cada fin de semana, la comentamos en voz baja y después seguimos adelante como si fuera algo normal. No lo es.

Lo ocurrido en la Vuelta Clásica Ciclista Oaxaca 2026 no es una excepción. Es la regla. Es un retrato fiel de lo que sucede en prácticamente cualquier competencia del país.

La pregunta es incómoda, pero hay que hacerla: ¿estamos frente al machismo, la ignorancia o simplemente ante una cultura deportiva que considera que el esfuerzo de las mujeres vale menos?

No se trata de descalificar el enorme esfuerzo que implica sacar adelante una competencia de ciclismo. Se trata de hablar de algo que está mal. Porque cuando algo está mal y todos decidimos callar, deja de ser un problema de unos cuantos para convertirse en un problema de todos.

Veamos únicamente los números.

En la clasificación general Elite femenil fueron premiadas las cinco primeras posiciones. La bolsa total ascendió a 130 mil pesos. La ganadora recibió 40 mil pesos y la quinta posición obtuvo 12 mil.

En la clasificación general Elite varonil fueron premiados los primeros quince lugares. La bolsa total fue de 500 mil pesos. El campeón recibió 120 mil pesos y el décimo quinto lugar seis mil pesos.

Pero el dato que debería avergonzarnos como comunidad ciclista es otro: el quinto lugar de la categoría Elite varonil recibió exactamente la misma cantidad que la campeona absoluta de la categoría Elite femenil. Cuarenta mil pesos.

Vale la pena leer nuevamente la frase anterior. El quinto mejor hombre de la competencia recibió el mismo premio económico que la mejor mujer del evento.

No estamos hablando de centavos. Estamos hablando del mensaje que enviamos cuando organizamos una competencia. Porque las premiaciones no solamente representan dinero; representan el valor que le damos al desempeño deportivo de quienes compiten.

A las mujeres se les está diciendo, en términos económicos y simbólicos, que su victoria vale menos.

La explicación más utilizada por algunos organizadores es que las mujeres son menos en la línea de salida y que, por lo tanto, resulta lógico que la premiación sea menor. El argumento es profundamente equivocado.

Si una comunidad deportiva quiere desarrollar el ciclismo femenil, ¿cómo pretende hacerlo si premia menos a las mujeres? ¿Cómo espera que más niñas y jóvenes decidan competir si el propio sistema les comunica que, aun siendo las mejores, nunca recibirán el mismo reconocimiento que los hombres?

La desigualdad no puede justificarse utilizando como argumento las consecuencias de la propia desigualdad.

Sin embargo, llevemos el debate al terreno favorable para quienes defienden estas diferencias. Supongamos, sin conceder, que la premiación depende directamente del número de inscripciones, en la Vuelta Clásica Ciclista Oaxaca la premiación la aportó el gobierno y patrocinio privado. Nada tienen que ver con la cantidad de inscritos o inscritas. Entonces, todavía menos se justifica la disparidad.

No hay una razón deportiva que explique por qué una campeona nacional o internacional debería recibir menos reconocimiento económico que un hombre que terminó en quinto lugar. No existe una explicación fisiológica, competitiva ni moral que la sostenga.

Las mujeres entrenan las mismas horas. Hacen los mismos sacrificios. Invierten en bicicletas, uniformes, viajes y alimentación. Se caen, se lesionan, sufren en los ascensos y cruzan la meta con las mismas pulsaciones al límite que cualquier hombre. El ciclismo no es menos duro para ellas. Si acaso, suele ser más difícil por las barreras que históricamente han tenido que enfrentar para poder competir.

El problema es que hemos normalizado tanto esta desigualdad que ya ni siquiera nos sorprende. Publicamos las premiaciones, felicitamos a los ganadores y continuamos con nuestras vidas.

Y entonces surge la verdadera pregunta: ¿qué clase de comunidad deportiva somos?

¿Qué clase de padres somos si consideramos aceptable que nuestras hijas crezcan sabiendo que, aun siendo campeonas, valdrán menos que un hombre en el mismo deporte? ¿Qué clase de dirigentes somos si no hacemos nada por cambiarlo? ¿Qué clase de ciclistas somos si preferimos guardar silencio para evitar incomodidades?

El mundo ya es distinto. O, al menos, el mundo que muchos queremos construir para nuestros hijos y para nosotros mismos. La igualdad en el deporte no es una moda ideológica ni un capricho generacional. Es una cuestión elemental de justicia y de dignidad.

No se trata de hacer ruido por hacer ruido. Se trata de dejar de aceptar como normal aquello que jamás debimos normalizar.

Esto tiene que cambiar. Y va a cambiar el día que dejemos de guardar silencio.